AUNQUE NOS DIRÁN LO CONTRARIO, NO HABRÁ ÉXITO ESPAÑOL ALGUNO EN BRUSELAS

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Carlos Elordi , en eldiario.es

Quien se haya creído que la cumbre europea de la próxima semana modificará, siquiera mínimamente, la triste suerte de la economía española, debería prepararse para asumir un nuevo chasco. De Bruselas llegarán, como mucho, migajas. Que aunque se venderán como grandes éxitos, y en este caso también como fructíferos resultados del pacto entre el PP y el PSOE, dejarán la situación económica española en la misma dramática situación en que se halla antes de la reunión. Ni en la UE existen, y no se darán aún por bastante tiempo, las mínimas condiciones que se requerirían para que se produjera un cambio de política económica que favorecería a España, ni nuestra abrumadora deuda exterior –pública y privada– permite alegría alguna a los rectores de la política europea.

En los estrechísimos márgenes que dejan esas dos limitaciones fundamentales –la política y la financiera– pueden, sin embargo, acordarse algunos apaños. Toda la cascada de declaraciones y propuestas de pacto que nos ha caído encima en las últimas semanas –cuando poco antes todas las partes negaban cualquier posibilidad en este sentido– tienen su objetivo concreto en ese reducidísimo espacio. Y no se puede descartar que algo se consiga en ese sentido. Ni tampoco que ese algo se presente como una conquista de última hora, fruto de la tenaz y patriótica capacidad de negociación de nuestro Gobierno, en este caso apoyado por el primer partido de la oposición.

Pero lo que se logre –que a la postre será algo de dinero para crear puestos de trabajo, o, lo que parece bastante más difícil, algún tipo de facilidad financiera para nuestras ahogadas pymes– servirá fundamentalmente para los fines políticos de los firmantes del pacto y no para modificar los designios macroeconómicos españoles. Que están marcados por la previsión de que nuestro PIB caerá este año un 1,6%-1,7 % y la de que el paro estará por encima del 27% al final de 2013.

Igualmente cabe desechar relajación alguna en la exigencia de recortes a España por parte de las autoridades comunitarias. Bastante han hecho con ampliar el plazo de cumplimiento de los objetivos de reducir el déficit público. Y no porque, de repente, se hayan vuelto generosas, sino porque han comprendido que los dos años que se nos exigían eran una quimera irrealizable. Por cierto, pueden que también lo sean los tres que ahora se nos piden. En todo caso, todo indica que la presión de Bruselas para que España meta mano a las pensiones no va a cejar hasta que se consiga algo importante en esa dirección. Con o sin el apoyo del PSOE, tal y como ha argumentado Joaquín Almunia.

A pesar de todo lo anterior, cualquier cosa que se saque de la cumbre será proclamado como un logro. Y seguramente lo será. Aunque únicamente en el contexto de la lucha por la supervivencia política que libran tanto Mariano Rajoy como Alfredo Pérez Rubalcaba. Porque para ambos dirigentes, cualquier noticia que no sea tan mala como las muchas que desde hace meses vienen cayendo sobre sus espaldas, es objetivamente excelente. Aunque su efecto vaya a durar pocas semanas, o puede que incluso menos. Preparémonos para el bombardeo mediático al respecto que nos espera.

Angela Merkel parece dispuesta a ayudar a sus colegas españoles –y a los italianos, portugueses, irlandeses– en ese trasteo. Sobre todo, porque ella también necesita mejorar un poco la terrible imagen que Alemania tiene en el sur de Europa. Pero Berlín no va a cambiar de política y va a seguir exigiendo austeridad sin concesiones. Todos los expertos cuya opinión puede ser tenida en cuenta coinciden absolutamente en eso. No cabe esperar nada, dicen, de aquí al 22 de septiembre, fecha de las elecciones generales alemanas. Ni tampoco en el periodo posterior a las mismas, que podría prolongarse bastantes meses.

Sea cual sea el resultado de los comicios: los sondeos pronostican una victoria del centroderecha y no hay duda alguna de que la señora Merkel seguirá en la cancillería. Lo que es aún incierto es quien será su socio de Gobierno. Pero el candidato más probable es el SPD, los socialdemócratas, que no parece que cuestionarán sustancialmente la política económica de la canciller, aunque sí presionarán por un “giro social” que frene la injusticia social que se está ahondando en Alemania. En el horizonte temporal a corto plazo, de Berlín sólo podría llegar un recorte de la política de ayuda financiera que el BCE, vía liquidez a bajo coste, viene prestando a los países más ahogados por sus deudas y sus primas de riesgo. El Banco Central alemán, el Bundesbank, no está para nada de acuerdo con la generosidad de Mario Draghi y acaba de llevar sus quejas al Tribunal Constitucional germano de Karlsruhe. Pero Angela Merkel argumenta en su contra que cortar el grifo a los débiles, y particularmente a la super- endeudada España, dispararía automáticamente nuestra prima de riesgo, poniendo en riesgo todo el sistema del euro. Y parece que esa posición va a seguir ganando.

La búsqueda de fórmulas para cortar ese círculo vicioso, así como el debate sobre las cuestiones de fondo que atenazan a la economía europea –que va a seguir en recesión– y las que amenazan el futuro del euro se plantearán abiertamente más adelante, pero seguramente no antes del final del próximo invierno. Y las incógnitas que pesan sobre ese futuro debate son terribles. Cada vez son más los expertos que dicen que Europa no podrá salir de su agujero financiero sin proceder a una quita sustancial de la deuda de países como España. No menos inquietantes son las dudas sobre cómo se puede lograr que un país decisivo para la unidad europea y para el euro mismo como es Francia, mejore su competitividad, sin lo cual no va a poder crecer. Y la lista sigue. Pero lo más probable es que aquí se hable poco de eso. Y que nos quedemos con el triunfal desembarco español.

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