QUÉ DEBES COMPRAR (Y QUÉ NO) PARA QUE LA HUMANIDAD NO SEA TAN DESPRECIABLE

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APRENDIENDO A SER CONSUMIDORES RESPONSABLES

Miguel Ayuso, en El Confidencial

En un mundo cada vez más interconectado, las decisiones que se toman en un país no sólo repercuten en lo que ocurre en los territorios vecinos, a veces tienen un impacto directo en territorios remotos. Y no hablamos sólo de las decisiones de los políticos y las grandes empresas. A un campesino de Brasil no le importará lo más mínimo que vayas en coche a trabajar y no en bus, o que lleves a tus hijos a una escuela privada, pero cuando eliges un café y no otro en la estantería de un supermercado estás tomando una decisión que puede afectar a sus condiciones laborales, su economía e, incluso, la calidad del aire que respira.

Como llevan insistiendo desde 2012 las periodistas Laura Villadiego y Nazaret Castro (ambas colaboradoras de El Confidencial) en su blog Carro de Combate, en un mundo dominado por la economía, las decisiones que tomamos como consumidores tienen una repercusión política bastante mayor que la que tiene ir a votar cada cuatro años.

Desde el blog, Villadiego y Castro han diseccionado los entresijos de las redes comerciales de todos los alimentos, materias primas y enseres que consumimos a diario, analizando su impacto laboral, medio ambiental y sanitario. Su trabajo se ha visto ahora reflejado en un libro, Carro de combate. Consumir es un acto político (Clave Intelectual), que resulta ser unacompleta guía de compra para el consumidor comprometido, con 20 informes pormenorizados que incluyen todo lo que debemos saber sobre nuestras adquisiciones más comunes.

Comprar de forma responsable, aseguran las autoras, no sólo es una forma de poner nuestro granito de arena en la construcción de un mundo más justo y más sostenible, además nos hará disfrutar mucho más de todo lo que compramos. Desde puntos distantes del globo –Laura estaba actualmente en Myanmar y Nazaret en Argentina– las periodistas ofrecen a los lectores de El Confidencial sus consejos para convertirse en consumidores concienciados.

PREGUNTA. ¿De verdad creéis que las decisiones que tomamos como consumidores tienen repercusiones políticas?


Nazaret: Para nosotras, el consumo puede ser una forma de concienciarnos de cómo funciona el sistema económico y de las alternativas, más justas y humanas, que ya existen. De ninguna manera podemos quedarnos en el comportamiento individual, pues los problemas son estructurales; pero el esfuerzo de coherencia y concienciación al que podemos llegar a través del consumo, puede inspirar acciones políticas de mayor calado.

P. Solemos escuchar que la industria se adapta siempre a lo que demanda el consumidor y si los consumidores pidieran productos de mayor calidad, con unos estándares de conservación del medio ambiente y de respeto a los trabajadores más elevados, las empresas se adaptarían a ello. ¿Creéis que es cierto? ¿No está el poder del consumidor muy limitado por muchas otras cosas?

Nazaret: La presión de los consumidores puede alcanzar ciertos logros, como han mostrado ciertas campañas de boicot, pero los alcances suelen ser insuficientes, a veces puede ser una línea de comercio justo, dirigida a consumidores responsables, creada por una firma que en el resto de sus productos sigue contaminando y explotando a los trabajadores. El cambio individual en la conducta de los consumidores yo lo concibo como un paso previo para cambios políticos mayores. Si no, corremos el riesgo de que el comercio justo se quede como una mera reparación de las conciencias.

Laura: La industria suele adaptarse muy rápido cuando se da una relación entre una inversión reducida y un alto beneficio. Sí ha intentado atraer a este nuevo tipo de consumidor más responsable y podemos ver en muchas grandes marcas líneas ecológicas o de comercio justo. Pero lo cierto es que la mayoría de los consumidores sigue comprando productos sin hacerse demasiadas preguntas. Muchas veces el consumidor está limitado por su propia falta de tiempo, de información y de dinero y la industria se aprovecha de ello.Laura Villadiego.

P. Está claro que el consumidor está limitado por lo que decís, pero aparte está engañado por un discurso del “aquí y ahora” que va en contra de todo lo que pueda considerarse consumo responsable. El gran ejemplo de esto es nuestra obsesión por tener todo el año las mismas frutas y verduras, sin importar que estén o no de temporada. ¿Tan difícil es convencer a la gente de que consumir vegetales de temporada es más ecológico, más barato y, además, están más ricas?

Laura: Los cambios sociales suelen llevar tiempo. El problema no es sólo que el consumidor no está ahora suficientemente concienciado de que consumir productos de temporada es más sostenible, sino que a menudo ni siquiera sabes cuáles son los productos de temporada. Por otra parte, tampoco nos gusta tener que renunciar a ciertas cosas que están a nuestro alcance. Y también hay un tercer elemento: durante décadas se ha defendido la idea de que a mayor intercambio comercial, mayor prosperidad. Lo cual puede parecer cierto si no se tienen en cuenta otras variables, fundamentalmente las medioambientales. Intentar equilibrar esa idea no será sencillo.

Nazaret: La publicidad juega además un rol fundamental y contrarresta la información que tenemos sobre los alimentos. Como dice Laura, el problema de fondo es que hemos incorporado la idea de que es bueno aumentar constantemente el comercio, el crecimiento, la sustitución de lo natural por lo creado por el ser humano...; En definitiva, lo que hemos de poner en cuestión es nuestra concepción del progreso y el desarrollo, que no solo nos está dirigiendo hacia la autodestrucción, sino que ya está mermando nuestra calidad de vida en muchos sentidos.

P. Michael Pollan, uno de los escritores más conocidos sobre temas alimenticios, asegura en su último libro que a la industria alimentaria le interesa que no cocinemos, pues así puede vendernos productos más procesados, en los que su margen de beneficio es mayor. ¿Dar un paso atrás, renunciando a ciertas comodidades, es imprescindible para ser consumidores más responsables?

Nazaret: Pollan dice que cocinar es un acto político, porque nos hace cuestionarnos esos avances de los que hablas. ¿Volver a cocinar es renunciar a comodidades o es, antes bien, recuperar una actividad que es gratificante, nos hace comer mejor y vivir mejor? No creo que pasarnos a la comida preelaborada industrial fuese un avance en calidad de vida: fue más bien la necesidad de adaptarnos a una falta de tiempo creciente en las sociedades postindustriales. En el capitalismo, cuantas más innovaciones tecnológicas inventamos que sustituyen trabajo humano, menos tiempo tenemos. Entender esta paradoja permite entrever las estructuras de poder del sistema. Claro que no se trata de volver a las cavernas, pero en muchos sentidos, las soluciones a los problemas del siglo XXI no pasan por más progreso, sino por volver a lo natural, a las relaciones personales en lugar de la mercantilización de todo, a cocinar en lugar de comprar pizza precongelada…

Laura: Confiar toda nuestra alimentación a la industria no parece una buena idea, especialmente porque la mayor parte de los productos precocinados tienen altas concentraciones de azúcar, sal y grasa. Aquí no estamos hablando tan sólo de cuestiones sociales o medioambientales, sino de nuestra propia salud que se está viendo dañada por este tipo de alimentación.

P. Como decís, lo que más empuja a mucha gente a comer, por ejemplo, productos ecológicos es que son más saludables, pero me da la impresión que los aspectos medioambientales y laborales importan menos. ¿Estáis de acuerdo?

Laura: Los aspectos más cercanos son los que tienen una mayor influencia sobre las decisiones de compra de los consumidores. Así, para la mayoría de los ciudadanos lo primero es pensar en su propia salud, antes que en las condiciones laborales de una persona a la que no conoce.

Nazaret: Creo que lo interesante es pensar lo social, laboral, medioambiental y sanitario desde una perspectiva conjunta. Informarnos sobre la irracionalidad y la injusticia del sistema vigente (intercambio desigual, explotación desaforada de los recursos naturales y de los trabajadores, destrucción de recursos estratégicos para la vida que ponen en entredicho la calidad de vida de las generaciones futuras, etc.) evidencia la necesidad urgente de una transformación profunda, y a partir de ahí, se trata de construir entre todos formas más inteligentes de producción y consumo, que respeten la vida y la dignidad humana.Nazaret Castro.

P. En libro de Carro de Combate habláis de muchos productos pero, si tuvierais que quedaros con uno, ¿cuál es el alimento o materia prima que más problemas causa en el mundo? ¿Hay algún producto del que deberíamos prescindir sin más?

Laura: Hay que ver los parámetros de los que estamos hablando. Hay productos con mucha huella medioambiental y no tanto social o laboral, y viceversa. Por ejemplo, en la huella social destaca el textil y el azúcar. Ambos son sectores con condiciones laborales muy duras. La electrónica también tiene una huella muy alta –tanto social como medioambiental– pero es cierto que son en general productos muy complejos, con muchas etapas de producción. Se puede prescindir de muchos productos que no son necesarios. El azúcar es un buen ejemplo de ello. El azúcar que el cuerpo necesita puede obtenerse naturalmente a partir de los alimentos. Sin embargo, ahora la mayor parte de los alimentos que consumimos tienen azúcar añadida, lo cual está provocando importantes problemas de salud en medio mundo.

Nazaret: También yo destacaría el plástico como ejemplo del despilfarro y la inconsciencia del sistema económico capitalista. El concepto de usar y tirar resulta absolutamente irracional en un mundo con recursos finitos. Por el mismo motivo, la obsolescencia programada, presente en muchísimos productos, es otro ejemplo del despilfarro que nos lleva a aumentar la huella ecológica de nuestras sociedades sin mejorar nuestra calidad de vida.

P. La obsolescencia programada ha llegado ya a un punto atroz. Hay productos que, directamente, nacen obsoletos. A veces compramos cosas a sabiendas de que no van a durar nada pero nos da igual porque son muy baratas. ¿Por qué hemos renunciado por completo a la calidad?

Nazaret: Nuestras sociedades se han convencido de que algo es mejor solo por ser más nuevo. Si algo se estropea pronto, podemos comprar otra cosa más nueva. Pero también es cierto que cada vez más gente se rebela contra la obsolescencia programada y se encuentra con el problema de que es prácticamente imposible escapar de ella...

Laura: La mejor prueba de que la aceptación de la obsolescencia es un elemento sociológico es que no sólo hemos asimilado que las cosas se estropean cada vez más rápidamente, sino que ni siquiera esperamos a que se estropeen para cambiarlas. Es lo que llaman la obsolescencia percibida.

P. Es cierto que tenemos ansia por poseer lo más nuevo, sin saber siquiera por qué, pero también que estamos todo el día quejándonos porque las cosas no duran nada. ¿No es posible aprovechar también esta demanda del consumidor para promover el consumo de productos de calidad y duraderos aunque sean más caros?

Laura: Yo creo que depende de los sectores. La moda va a ser probablemente el que presente mayores reticencias porque el concepto de temporada y de “lo que se lleva” está muy asumido socialmente. Al mismo tiempo, la conciencia ecológica sobre los desechos que producimos está aumentando y esto puede jugar a favor de un cambio en este tipo de comportamientos.

P. Supongo que estaréis familiarizadas con el nuevo tratado de libre comercio (TLC) que está negociando la UE y EEUU. ¿Qué puede suponer la firma de este tratado? ¿Es el libre comercio una traba en sí mismo al consumo responsable?

Nazaret: El problema de los TLC es que son elaborados en función de los intereses de las grandes empresas transnacionales, y a menudo estas promueven el intercambio desigual y la explotación de la naturaleza y del trabajo humano. En América Latina abundan los ejemplos del perjuicio que conllevan estos acuerdos, sobre todo para las clases menos pudientes. Por ejemplo, en Colombia y en Chile los TLC firmados con USA incluyen cláusulas para la privatización de las semillas, impulsadas por empresas como Monsanto, que llevarían a la quiebra a muchos campesinos. Habría que preguntarse por qué estos tratados se elaboran en medio de tanto silencio.El libre comercio puede ser interesante en algunos sectores, pero dada la huella ecológica que supone el transporte de mercancías, lo más lógico sería primar un consumo de proximidad

Laura: La ironía de los TLC es que a menudo ni siquiera consagran un libre comercio real.Sabemos poco del TTIP [la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión, el TLC que están negociando la UE y EEUU], pero una de las cosas que nos han llegado es, por ejemplo, que las empresas probablemente podrán denunciar a los gobiernos si sus políticas les perjudican. Es poner en un papel con rango de ley que las empresas se lo quedan todo si ganan, pero que si pierden tienen derecho a ser recompensadas. Es decir, ganan siempre. Por otra parte, a menudo estos tratados obligan a los países pequeños a eliminar sus políticas de ayudas a ciertos sectores, mientras que los grandes las siguen practicando. Estos últimos pueden así importar a esos países pequeños sus productos a un precio menor precisamente debido a esa competencia desleal de los subsidios.

También hay un peligro de una desregulación excesiva y de mayor opacidad en la información que proporcionan las empresas. Hay quien dice que no hay mejor libre comercio que el que está bien regulado. Sin embargo, estos tratados suelen atentar contra esa buena regulación. En cualquier caso, el libre comercio puede ser interesante en algunos sectores, pero dada la huella ecológica que supone el transporte de mercancías, lo más lógico sería primar un consumo más de proximidad.

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