LOS BANCOS CENTRALES, PRISIONEROS DE SUS ESTÍMULOS

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Victoria Carvajal, en 'El País'

Après moi, le déluge. O lo que es lo mismo: Después de mí, poco me importa lo que venga. La frase atribuida a la amante del rey Louis XV, Madame Pompadour, parece haberse convertido en la máxima de los hasta hace poco pilares del conservadurismo financiero, los bancos centrales. La economía mundial está más que nunca gobernada por ellos. El escaso margen de maniobra de los gobiernos de las principales potencias para estimular sus economías debido a sus altos niveles de endeudamiento, ha convertido a la política monetaria en el principal instrumento para superar la crisis. Puede que el Banco Central Europeo sea más conservador que la Reserva Federal o el Banco de Japón, pero nadie duda de que la política monetaria se ha adentrado en un terreno desconocido. La dependencia de de los agentes económicos en sus políticas de estímulo dificultan el regreso a la normalidad. Los tipos de interés casi negativos de una Europa financieramente fragmentada, que impide que los estímulos lleguen allí donde más se necesitan, o las masivas compras de activos por parte de las autoridades monetarias en EEUU, Reino Unido o Japón no terminan de reactivar la economía mundial y están provocando una volatilidad sin precedentes de los precios de los activos que amenaza con arruinar las posibilidades de conseguirlo.

Si el PP atribuía a la política económica del Gobierno la fuerte bajada de la prima de riesgo en los últimos meses, basta que Ben Bernanke, presidente de la Fed, sugiera la posibilidad de levantar el pie del acelerador para poner las cosas en su sitio. Porque las subidas que se han producido en los mercados en los últimos meses no se deben, no importa lo mucho que se empeñe el PP, a los datos fundamentales de la coyuntura económica si no a un exceso de liquidez que ha inundado el sistema y que ha llevado a los inversores a asumir más riesgos en busca de más rentabilidad (bonos españoles, italianos, la Bolsa..). La Fed y el Banco de Japón inyectan al mes 85.000 y 80.000 millones de dólares respectivamente. O lo que es lo mismo el 11% del PIB de España cada mes. La pregunta del millón es cómo y cuándo ir retirando este descomunal balón de oxígeno.

Cómo funciona la relajación cuantitativa o Quantitive Easing de la Fed para entender mejor en qué terreno se ha metido el banco central estadounidense. La QE no equivale a imprimir dinero directamente pero no está lejos de ello pues supone la compra de activos, sobre todo bonos, por parte del banco central al sector privado. Como resultado, los bancos que venden tienen más liquidez y disposición a prestar dinero a empresas y familias. Asimismo, las elevadas compras de la Fed hacen que los tipos de los bonos caigan, lo que provoca una bajada generalizada de los intereses de los créditos. Y, por último, el bajo nivel de los tipos de bonos del Tesoro americano anima a los inversores a buscar mayor rentabilidad en activos de riesgo como las acciones de las empresas o los bonos corporativos. En consecuencia, los valores de la bolsa suben (un 20% en seis meses) y el correspondiente efecto riqueza sobre los inversores anima al consumo e impulsa la actividad económica.


La envergadura de las compras es tal que se prevé que el balance de la Fed engorde el equivalente al 18% del PIB estadounidense de continuar hasta 2014 (ver gráfico). El banco central ha vinculado este programa a un objetivo: que el paro caiga al 6,5% o que haya cuatro meses consecutivos de creación de 200.000 nuevos empleos. En mayo se crearon 175.000, lo que ha disparado la especulación sobre la posibilidad de que la Fed reduzca sus inyecciones antes de lo previsto.

La apuesta de Estados Unidos es arriesgada pero ya le gustaría a España y otros de los países de la eurozona con altísimas tasas de paro que el banco central vinculara su política a la creación de empleo. Esta semana Mario Draghi se desmarcó de las políticas adoptadas por la Fed o el Banco de Japón y presumió de "no estar contribuyendo a la volatilidad de los mercados". Eso no le salva de operar en un entorno volátil donde cualquier indicación de que los estímulos están llegando a su fin provocá fuertes caídas. Su reciente decisión de no bajar los tipos de y de aplazar las medidas para dar crédito a las pymes provocó el desplome de las bolsas y disparó las rentabilidad de los bonos soberanos. La prima de riesgo española llegó a subir 23 puntos hasta los 316, lejos de los 279 de hace 20 días.

Draghi también a su manera se ha adentrado en territorio comanche al tomar decisiones en el límite del mandato de la institución, que le han llevado a enfrentarse, incluso en los tribunales, con su principal accionista, Alemania. Le ganó un órdago al mercado al anunciar que el BCE compraría de forma ilimitada bonos de los países en problemas y conseguir neutralizar la especulación sobre la ruptura del euro sin gastar un euro. Desde su llegada a la presidencia, ha reducido los tipos de interés cuatro veces, del 1,5% al 0,50%. Mantiene la barra libre para los bancos hasta por lo menos julio de 2014, está dispuesto a fijar tipos negativos (ahora es cero) a los bancos que despositen su dinero en la entidad monetaria para estimularles a que busquen rentabilidad prestando el dinero. Acepta de los bancos activos de alto riesgo como garantía… En definitiva, medidas no convencionales para un banco central que se hizo a imagen y semejanza del riguroso Bundesbank alemán.

El caso de Japón es el más extremo. Es un big bang en la política monetaria, un experimento al que todos miran con igual fascinación y terror. Su programa de compras de activos puesto en marcha en abril engordará el balance del banco central en un 40% del PIB en sólo dos años. Tras la burbuja inmobiliaria de los ochenta, lleva dos décadas con tipos de interés negativos sin conseguir reactivar la economía. La distorsión en los precios de los activos desde que se embarcaron en esta política de choque es de vértigo. La Bolsa de Tokio ha subido un 70% en pocos meses. El yen ha bajado el mínimo de los cuatro años, creando fuertes tensiones entre las grandes potencias exportadoras de la región y los tipos de los bonos a largo plazo se han duplicado y amenazan con dificultar el crecimiento que se quiere estimular.

Muchas de las decisiones que están tomando Bernanke, Kuroda y en menor medida Draghi se hubieran descartado hace unos años por considerar que crearían las condiciones necesarias para una catástrofe financiera. ¿Lograrán que el crecimiento sea lo suficientemente sólido antes de retirar los estímulos? O, de lo contrario, ¿nos estallará una nueva burbuja financiera en la cara? Héroes en este primer asalto contra la crisis, pueden convertirse en villanos si no logran que sus medidas lleguen a la economía real.

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