¿PUEDEN LOS PAÍSES SER ECONÓMICAMENTE EFICIENTES Y TENER SOCIEDADES IGUALITARIAS?

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Jonathan Hopkin / Víctor Lapuente Giné / Lovisa Moller, en eldiario.es

La idea de que exista un dilema entre la eficiencia económica y la igualdad (esto es, la idea de que sólo se puede conseguir uno a costa del otro: más eficiencia con menos igualdad o viceversa) ha generado muchos debates en el terreno de la economía política. Con la mayoría de las economías avanzadas viendo cómo la desigualdad crece, y cómo se produce un crecimiento espectacular en la cima al tiempo que un estancamiento de los ingresos medios, este dilema puede parecer, a primera vista, más presente que nunca. La opinión dominante entre los investigadores es que el tipo de capitalismo igualitario que encontramos sobre todo en el norte de Europa es tan eficiente como el aquel que está orientado al mercado y que es característico de países anglosajones.

Sin embargo, un artículo reciente de Acemoglu, Robinson y Verdier (ARV) argumenta que si bien algunos países pueden optar por un capitalismo igualitario sin sacrificar la eficiencia económica, no todos podemos superar el dilema entre eficiencia e igualdad a la vez. ARV argumentan que la redistribución y la igualdad dificultan la innovación, y, por tanto, que algunos países tienen que adoptar una forma más "salvaje" de capitalismo. En otras palabras, es posible combinar eficiencia e igualdad, pero sólo a costa de aprovecharnos y gorronear de la innovación producida por las economías de capitalismo feroz. Para explicar su teoría, desarrollan un modelo formal pero no proporcionan ninguna evidencia empírica de las diferencias en los niveles de innovación más allá de una comparación entre el registro de patentes de los Estados Unidos y los países escandinavos. Tomando su trabajo como punto de partida, hemos tratado de comprobar la afirmación de que la desigualdad es una condición necesaria de la innovación.

Ciertamente, los EEUU tienen una posición única en el avance tecnológico y gran parte de su posición ventajosa en lo que respecta al registro de patentes tiene su origen en la comunidad investigadora en torno al Instituto de Tecnologías Avanzadas (ICT) de California. Uno de los datos clave que utilizan ARV es el hecho de que los Estados Unidos -el país más desigual de las economías avanzadas - ha superado a los países escandinavos en el registro de patentes en las últimas dos décadas. Sin embargo, si ampliamos el periodo de estudio con unas cuantas décadas más, Suecia ha tenido más solicitudes de patente presentadas por residentes que los EEUU durante la mayor parte del último medio siglo. Además, el resto de países anglosajones están muy lejos de los niveles de los Estados Unidos, como se muestra en la figura siguiente. Una mirada más amplia a los datos de patentes, por tanto, arroja algunas dudas sobre la primera hipótesis de que los incentivos de mercado (competición “salvaje”) son necesarios para la innovación.



Figura 1. Solicitudes de patentes en países anglosajones



Fuente: Banco Mundial


La explosión en la cifra de patentes registradas en el período reciente, que está en la base de la intuición defendida por ARV, no es la única medida de la innovación. De hecho, la existencia del fenómeno de “trolear patentes” – es decir, usar las patentes como forma de generar ingresos/rentas mediante la amenaza de acciones legales más que como forma de producir innovación tecnológica – sugiere que el registro de patentes lo que está realmente midiendo es son estrategias de generación de rentas económicas y no verdadera innovación. En nuestro análisis nos fijamos, además del registro de patentes, en el Índice de Innovación Global (IIG) de 2013, que clasifica a los países en términos de resultados de la innovación y de la capacidad del entorno institucional para favorecer la actividad innovadora. La figura dos presenta un diagrama de dispersión de los países de la OCDE que muestra la relación entre la innovación medida por el IIG y la desigualdad de la renta disponible. Los resultados sugieren que cuanto menor es la desigualdad de un país, más probable es que sea innovador. Los Estados Unidos pierden su posición de liderazgo, cayendo detrás de un número de países de la OCDE con una menor, y a veces muy inferior, desigualdad.

Figura 2. Índice de Innovación Global y desigualdad para cada país de la OCDE



Fuente: OCDE


Para examinar más a fondo el vínculo entre la desigualdad y la innovación llevamos a cabo regresiones estadísticas con la puntuación IIG como la variable a explicar, y la desigualdad (medida tanto mediante el coeficiente de Gini como a través de la ratio entre los que más ganan y el salario mediano) y las tasas de impuestos como las principales variables explicativas. Mantenemos constantes otras variables que podrían intervenir en la relación entre eficiencia e igualdad: los ingresos del país (medidos mediante el PIB per cápita), el gasto en investigación y desarrollo, y el entorno reglamentario. El modelo de ARV asume que la desigualdad y la reducción de impuestos sobre los ingresos más altos deben estar asociados positivamente con la innovación. Nuestros resultados confirman todo lo contrario: una menor desigualdad predice mayores niveles de innovación, aunque el vínculo positivo entre el aumento de las tasas de impuestos y la innovación no se mantiene una vez que introducimos en el análisis las variables de control antes mencionadas.

¿Qué podemos concluir de este examen preliminar de los datos? Es cierto que EEUU es una fuerza poderosa para la innovación en la economía mundial, y es un buen ejemplo de "capitalismo salvaje", con altos niveles de desigualdad en los ingresos y rentas superiores muy altas. Sin embargo, otros países con desigualdad mucho menor, estados de bienestar generosos y con una concentración menor de ingresos en la parte superior de la distribución, presentan también un rendimiento alto en innovación, mientras que algunos países con alta desigualdad funcionan mal. La calidad de la regulación y el gasto en I + D son los denominadores comunes de los países que se clasifican como muy innovadores, y la desigualdad no es un factor común. La innovación no es solo una cuestión de ofrecer una serie de incentivos muy concretos basados en unas recompensas inmensas para aquellos pocos con un gran rendimiento; la innovación descansa también en altos niveles de inversión en investigación, no sólo del sector privado sino también, de manera decisiva, por parte del Estado.

Los EEUU combinan niveles altos de desigualdad con excelentes universidades financiadas por fondos públicos y privados, y un entorno normativo que fomenta la innovación. Pero otros países con un capitalismo igualitario, que invierten en investigación, tienen buenas universidades y regulación de la calidad, también pueden innovar sin tener que ofrecer a los empresarios de éxito recompensas desmedidas. Existe muy poca evidencia a favor de la tesis de que las sociedades igualitarias necesitan gorronear de las innovaciones de los super-ricos americanos para prosperar.

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