LA QUIMERA DEL ORO

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Josep Ramoneda, en 'El País'

Con la posible conquista de Andalucía, el PP está a punto de batir todos los récords de acumulación de poder en la España democrática. Curiosamente, este momento de apogeo político de la derecha coincide con el derrumbe del modelo de la quimera del oro que le dio la hegemonía en Baleares y en Valencia. Un modelo imprudentemente jaleado, en el pasado, por dirigentes actuales del PP, empezando por Mariano Rajoy.

La peculiar vuelta judicial al Palma Arena en 26 etapas, que Jaume Matas ha empezado a correr, ha arrancado mal para el expresidente. La sentencia, rigurosa y cuidadosamente elaborada, va a marcar a las 25 piezas separadas que quedan por recorrer. Condenado, aislado, rechazado socialmente, dejado a su suerte por su partido, el futuro de Matas es muy negro y, por la parte que le toca, Urdangarin tiene más motivos de preocupación que nunca. Pero, además, aunque durante estos años de instrucción de la causa ya se fueran revelando los secretos a voces de las Baleares de Jaume Matas, esta primera condena viene a confirmar lo que el caso Gürtel y el estado de las cuentas valencianas ya nos habían dicho: que el PP desplegó, en Baleares y en el País Valenciano, un sistema derrochador y clientelar que hizo pasar por milagro económico lo que era una cadena de intereses espurios, corrupción y despilfarro.

La justicia ha puesto en evidencia el sentido de la locura de los grandes eventos, de las superinstalaciones deportivas, de los edificios singulares, de las promociones inmobiliarias, de los parques temáticos, del dinero fácil y de la compra de voluntades. Un modelo que venía legitimado por una idea extraordinariamente dañina para la democracia: los votos como instrumento para blanquear la corrupción y los desatinos. A Matas este sistema le falló antes que a los valencianos. Perdió el Gobierno y las sospechas empezaron a emerger a la superficie, de modo que el PP cambió las personas y las caras, aunque quedan los viejos engranajes. En Valencia, Camps siguió sumando victorias electorales, de modo que la hora de la limpieza tardó en llegar. Y aún no sabemos hasta dónde va a alcanzar. Hay todavía demasiados personajes populares bajo sospecha que siguen teniendo allí poder y mando.

Estos días se le recuerda a Mariano Rajoy su patinazo de 2004, cuando dijo “vamos a intentar hacer en España lo que Jaume y todos vosotros hicisteis en Baleares”. Tirar de hemeroteca es siempre un recurso fácil, porque los políticos son dados al halago del auditorio, por tanto, a decir cosas sin pensar más allá del aplauso del momento. Pero la frase en cuestión sirve para introducir tres reflexiones sobre el declive de un modelo que llegó a ser presentado como ejemplo a seguir.

La primera tiene que ver con los partidos. ¿No disponen los partidos políticos de mecanismos de control y prevención de los excesos de sus dirigentes políticos? ¿Es posible que se contamine con la corrupción y el clientelismo a toda una región y no se intervenga para evitarlo? ¿Es posible que los partidos no conozcan las sospechas que están en la calle y solo se enteren cuando la fiscalía llama a los interesados? Tengo la sensación de que la cultura de partido está dominada por la fuerza de atracción del imán del poder. Y todo aquello que da poder y votos se da por bueno, sin parar en minucias de control de calidad y solvencia. Mientras la gente siga votando, es más cómodo mirar a otra parte y no meterse en los berenjenales de la honestidad y las buenas conductas.

De ahí viene la segunda reflexión: ¿por qué los ciudadanos siguen votando a determinados políticos incluso cuando ya se ha pasado de las sospechas y los rumores a las imputaciones judiciales? ¿Por qué, a pesar de que uno de sus modelos más elogiados, el de la quimera del oro, ha quedado en evidencia, el PP ha alcanzado las máximas cuotas de poder jamás soñadas? Creo que siguen vigentes los argumentos que La Boétie utilizaba para explicar la servidumbre voluntaria: el hábito (hoy diríamos también el miedo) y la pirámide de los intereses.

Y así llegamos a la tercera reflexión: el Estado de las autonomías, cuyos límites se han puesto de manifiesto al ser incapaz de satisfacer las ambiciones de Catalunya y el País Vasco (teníamos dos problemas, ahora tenemos diecisiete), ha favorecido una forma posmoderna de caciquismo, un clientelismo, que explica que la alternancia sea por lo general más difícil en las autonomías que en el Gobierno central. Andalucía es el último ejemplo. El que más ha resistido.

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