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LA IMPARABLE ECONOMÍA COLABORATIVA

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Miles de plataformas electrónicas de intercambio de productos y servicios se expanden a toda velocidad en un abierto desafío a las empresas tradicionales

Miguel A. García Vega, en El País

Compartir en vez de poseer. La economía colaborativa o consumo colaborativo quiere cambiar el mundo. Plantea una revolución abrazada a las nuevas tecnologías. El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) le calcula un potencial de 110.000 millones de dólares (82.000 millones de euros). Hoy ronda los 26.000 millones. Y quienes participan a título personal en este sistema basado en intercambiar y compartir bienes y servicios a través de plataformas electrónicas se embolsan, según la revista Forbes, más de 3.500 millones de dólares (2.580 millones de euros).

De hecho, la Red está llena de ejemplos que cuentan ese éxito. Sabrina Hernández, una estudiante de la Universidad de San Francisco, cobra 40 dólares (30 euros) la noche, a través del sitio DogVacay, por cuidar perros en su casa. Al mes, dice, gana 1.200 dólares. Mientras que Dylan Rogers, un vendedor de coches de Chicago, recauda 1.000 dólares mensuales alquilando su BMW Serie 6 usado en RelayRides. Dos voces entre millones que revelan el calado del cambio. Tanto que esta era de la economía compartida “crea nuevas formas de emprender y también un nuevo concepto de la propiedad”, sostiene Thomas Friedman, columnista del periódico The New York Times.

DE MARX A MARX

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 J. I. González Faus, en Cristianisme i justicia


Entre los ocho cardenales nombrados por el obispo de Roma para la reforma de la curia, hay un tal Marx… Si quieres saber algo de él aquí va.

Ironías de la historia: en Trier nació hace dos siglos el ateo Karl Marx, autor de El Capital. Y de Trier salió dos siglos después, un obispo católico llamado también Reinhard Marx, que se había manifestado públicamente contra la guerra de Irak y que ahora es cardenal en Munich. Este nuevo Marx acaba de publicar otro “El Capital”, con un expresivo subtítulo: “Un alegato a favor de la humanidad”.

El obispo no manifiesta demasiada simpatía hacia su presunto tatarabuelo ateo. Pero tiene suficiente sentido del humor como para abrir el libro con una carta a su antepasado nominal, donde reconoce que, tras haber renegado de él, se pregunta ahora “si no fue algo prematuro darle por definitivamente liquidado a Ud. y a sus teorías económicas cuando el Occidente capitalista la ganó la batalla al Oriente comunista” (p. 18); y si no tendría Ud. razón “cuando predijo hace ciento cincuenta años que estábamos abocados a que todos los pueblos quedaran entrelazados en la red del mercado mundial” del que se beneficia casi exclusivamente el capital (22). Y cuando proclamó otra serie de cosas, las cuales me parece que confluyen en dos puntos: a) también en economía, mi libertad termina donde comienza la libertad del otro. Y b) hoy nos dominan dos imperativos al margen de toda moral y de toda humanidad: el imperativo tecnológico (aquello que se puede hacer hay que hacerlo), y el imperativo económico: “cuando algo produce beneficios hay que hacerlo”.

 

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