Antoni Domènech · G. Buster, en 'Sin Permiso'
La cumbre de la UE sobre la deuda soberana –decimocuarta en dos años— del miércoles de la pasada semana concentró simbólicamente en unas pocas horas casi todos los males que, yerro sobre yerro, han marcado el destino europeo en los últimos lustros.
Vino precedida y sucedida de reuniones y reunioncillas a puerta cerrada, en petit comité, o unter vier Augen. Precedida de conciliábulos de Merkel con Sarkozy, de Merkel con Sarkozy, Barroso y Van Rompuy, de Merkel, Sarkozy y Barroso con Charles Dallara (el jefe supremo de los banqueros, director del Instituto de Finanzas Internacionales, IIF). Sucedida, en España, del encuentro de Elena Salgado, la dama de la insulsez soñolienta, con un selecto grupo de grandes empresarios, banqueros y economistas del PP y del PSOE. Ni prensa, ni parlamentos, ni sindicatos, ni organizaciones sociales fueron siquiera consultados. Ni siquiera los gobiernos de los países miembros. Todo cábalas, pues. Hasta el anciano Delors, el otrora prior de la UE, tuvo que conformarse con conjeturas. Nada halagüeñas, por cierto: en una entrevista para la Deustche Welle, críticó "el método de póker" de Merkozy y admitió que "no se sabe a ciencia cierta como funcionará eso".
Ahora, apenas cinco días después, ya se sabe: muy mal. Papandreu, que por lo visto no quiere pasar a la historia como un Zapatero cualquiera, tiró ayer la toalla: se propone –ya veremos si le dejan— convocar un referéndum para que el pueblo griego decida directa y democráticamente sobre las recetas para Grecia de la Cumbre. Los mercados de valores descuentan ya hoy (1 de noviembre) como negativa la respuesta del pueblo griego: se han desplomado al unísono, en Europa y en ultramar. Indignación en Alemania. Rabia contenida de Sarkozy. Estupor en EEUU. Perplejidad en Beijing. Mal disimulado desconcierto de Barroso. En España, que tan mal parada salió de la Cumbre –impuso a la banca privada española recapitalizaciones por una cifra de 26 millones de euros, el mayor monto tras Grecia—, las reacciones a la decisión de Papandreu se han distribuido entre nuestros mandamases políticos ni más ni menos que como era de esperar. Con las habituales emanaciones mistagógicas del entorno de Rajoy y Montoro, un posible ministro del área económica en el futuro gobierno del PP. Con las alharacas intempestivas de la extrema derecha mediática madrileña y sus ridículos peritos en saña sectaria. Con la gárrula demagogia populista improvisada en el entorno del candidato Rubalcaba, al que aún no se le ha quitado la cara de tonto desde la inopinada contrarreforma constitucional express con que le sorprendió Zapatero el pasado agosto. Y, claro, con las alicaídas botaratadas de mal estudiante de Don José Blanco, el apicarado portavoz del agónico Gobierno actual. Vendrán más. A ver.