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SCORSESE, ESE BRILLANTE FRENESÍ 'El Lobo de Wall Street'

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Hay secuencias tan brutales que van a dejar huella en la memoria. El arte de Scorsese sigue en deslumbrante forma.

Carlos Boyero, en El País

Siempre me acompaña una reconocible excitación ante cada nueva película de Martin Scorsese, un director comparable a Alfred Hitchcock en su sabiduría para que la cámara hable con el lenguaje más deslumbrante, dueño de un universo complejo y vocacionalmente turbio, alguien con ilimitado poder de fascinación. Y lógicamente existen errores y películas fallidas en esa apasionante carrera, pero también existe la sensación en su obra de que ha sido abordada con pasión, de que no hay en ella ningún trabajo desganado o mercenario, de que permanentemente trata de imprimir su sello, de que durante cuarenta y cinco años se las ha ingeniado para contar exclusivamente las historias que le apetecían. Casi siempre febriles por dentro y por fuera (aunque su lenguaje a veces utilice la pausa y la elipsis y llegues a pensar falsamente que su compulsión se ha aplacado, como en la romántica y más que triste La edad de la inocencia), pobladas por gente que vive o sobrevive en el límite, según sus propias leyes, defendiendo su territorio a bocados, inmersa en la violencia y bordeando la locura.

El lobo de Wall Street comienza con un grupo de gente encorbatada, puesta hasta las cejas, vociferante hasta la barbarie, que compite lanzando enanos contra una diana. Y te quedas con la boca abierta. No la vas a cerrar durante tres horas frenéticas que pasan volando, aunque en algún momento le supliques un poco de tregua a la cámara de Scorsese para poder respirar y que no se te contagie el pasote cotidiano de sus personajes.

 

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