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ESPAÑA, DESTINO TERCER MUNDO

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El brusco fin de de un periodo de bienestar que creíamos eterno. Esta no es una crisis cualquiera, sino una convulsión social

Esta no es una crisis cualquiera, sino una convulsión social...
... que va a dar un vuelco radical y definitivo a nuestro nivel de bienestar, devolviéndonos a épocas pasadas marcadas por la inmigración y la pobreza. Esta es la desencantada tesis de "España, destino tercer mundo" (Deusto), el estreno editorial de Ramón Muñoz, el periodista que desde las páginas de EL PAÍS lleva años alertando a contracorriente de la gravedad de esta recesión, ocultada por los mercenarios del optimismo, desde políticos y financieros hasta periodistas. Negocios publica el prólogo de este libro que sale a la venta el próximo martes, día 13. Un obra sombría pero honesta, que augura catástrofes financieras por venir como una suspensión de pagos de la deuda, o incluso el corralito y la salida del euro.

Ramón Muñoz, en 'El País' Negocios

Se han escrito muchos libros sobre la crisis, y se han quedado viejos antes incluso de que salieran a la venta. El doble error: aplicarse en un optimismo antropológico basado en la idea de que la historia siempre avanza y evaluar la actual catástrofe financiera y económica como si fuera una crisis cíclica más. Los hechos y el agravamiento de la situación están desmontando ambas falacias.

La confianza histórica en el progreso de la humanidad, con breves recesos, está instalada en la conciencia colectiva. Y se ha trasladado a la economía por inercia. Nada más lejos de la realidad. Como parte del llamado mundo desarrollado, los españoles hemos vivido entre 40 y 50 años de bienestar, una prosperidad inédita desde el comienzo de los tiempos. Ese periodo de riqueza ha sido la excepción, y no la regla como nos han hecho creer y hemos aceptado por comodidad.

LA CRISIS CERCENA VIDAS EN ITALIA

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Pablo Ordaz, en 'El País'

Si hay una palabra prohibida, esa es suicidio. Mucho más para las sociedades —como la italiana, como la española— que desde siglos han vivido a la sombra ética y estética de la religión. A pesar de que a los suicidas siempre se les negó un lugar en el cielo, en el camposanto y en los periódicos, los italianos se están quitando la vida por motivos económicos. A un ritmo de dos al día. Un pequeño empresario y un trabajador se sienten empujados diariamente a las vías del tren o a la horca por la desesperación que les provoca la crisis. No se llega todavía al récord espantoso de los griegos —1.725 suicidios en los dos últimos años—, pero la progresión es tan alarmante que hasta el primer ministro Mario Monti, tan católico, nombró al diablo por su nombre. “Todos los días luchamos para evitar caer en el dramático precipicio de Grecia, con tantos empleos perdidos y tantos suicidios”, dijo. No hablaba, por una vez, de la dichosa prima de riesgo o del déficit de las cuentas públicas. Hablaba por fin del coste humano. De Vicenzo, de 28 años, o de Roberto, de 62, que se ahorcaron agobiados por las deudas. O de Mario, de 59, que huyó de la crisis pegándose un tiro en el pecho.

La situación es tan dramática que, la noche del pasado miércoles, pequeños empresarios y trabajadores acudieron con velas al Panteón para exigir en silencio: “No más suicidios”. Unas horas antes, el propio Monti había admitido públicamente que la crisis está imponiendo “un precio altísimo a las familias, a los jóvenes, a los trabajadores… A veces con experiencias que se cierran en la desesperación”. En los últimos meses, raro es el día que los periódicos italianos no traen la noticia de un pequeño empresario que se arroja a las vías del tren, de un trabajador autónomo o de un desempleado que se ahorcan agobiados por las deudas y la falta de salida. Según Giuseppe Bortolussi, secretario general de Cgia di Mestre, una asociación de artesanos y pequeñas empresas, “para muchos de los que optan por quitarse la vida, el suicidio es un gesto de rebelión contra un sistema sordo e insensible que no acierta a entender la gravedad de la situación. Es un verdadero grito de alarma lanzado por quien ya no puede más”.

LA FELICIDAD EN NAVIDADES

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Rosa María Artal. en 'El Periscopio'


Probablemente la más viva imagen de la felicidad exultante y embriagadora la dan en estos momentos en España Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría. Y a continuación el resto de los ministros, casi todos los pesos pesados del PP (siempre que no hayan sido defraudadas sus expectativas de cargo), incluso muchos de sus confiados votantes. En breve lloverán longanizas y el cinturón apretado en la yugular que ellos han propiciado será –dirán- por nuestro bien. Pues mire, mejor apriéteselo solo Vd. dado que ha sido su deseo.

Imagino que también son muy felices quienes abarrotan las tiendas y, entre ellos los que más, quienes asisten en ingente número desde que abrieron las puertas de los grandes supermercados al cocido de mariscos “in situ” a precio triple del habitual. A los puestos de carne y envasados con fuertes elevaciones del coste también. Al acarreo de carritos, bolsas repletas y colas. “Un día es un día”, derrochemos como si se acabara el mundo. Proporciona tanta felicidad.

Es todo tan bonito. La familia, los reencuentros. Los hay. No siempre. Leo consejos para no fastidiarla en nochebuena y el resto de las comidas festivas, vienen a decir que está prohibido hablar de nada que tenga alguna trascendencia. Pueden saltar chispas en caso contrario. Qué felicidad tan estupenda.

En la UE ha triunfado (gracias al desinterés general) un golpe neoliberal que desprecia los mecanismos democráticos, pero no son días de hablarlo. Tampoco del imparable ascenso de la ultraderecha en numerosos países europeos, de los cambios que se consuman en las Constituciones. Huele a fascismo que empacha. En España también. Los alevines de facha y algunos otros que dan peligrosamente la talla se muestran envalentonados con el triunfo electoral de quienes consideran sus afines. Aquí ya no se advierte ni siquiera felicidad, sino ese odio rancio acumulado en los genes y solidificado durante décadas.

 

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